Vejez mental ¿Deterioro inevitable?

En primer lugar tendrían que ponerse de acuerdo los expertos para saber realmente qué es la vejez y cuándo se puede considerar que los continuos deterioros del organismo humano traspasan la barrera de la madurez a la senilidad. Opiniones hay muchas y, no obstante, nadie parece indicar en qué punto de la curva descendente se produce la inflexión que da paso a esa parte de la vida en que los procesos destructivos se aceleran, máxime cuando esa curva aumenta su declive de forma progresiva. Si nos fijamos, en lo que se refiere a la mente, se podría indicar que el punto álgido, entre los 25 a 30 años, entra en un periodo de retroceso lento para irse acentuando con mayor velocidad en cuanto la edad cronológica asciende.

Lógicamente no es un hecho aislado, nuestro organismo se sumerge en un proceso parejo. En definitiva es éste, parcialmente, el que altera nuestro cerebro. Si las neuronas, consideradas aisladamente como células, tal vez no progresan en su envejecimiento al mismo ritmo que otro tipo de ellas, sí lo hacen elementos vitales para su funcionamiento, principalmente el riego sanguíneo y las células gliales o neuroglías. El deterioro de éstas influye de manera directa en las funciones neuronales por la relación que mantienen. Especialmente aquellas cuyos axones no están mielenizados – principalmente lo están cuando son largos, como los que se dirigen hacia los órganos extra cerebrales – se encuentran envueltas por las gliales (“glía” procede de “unión”) por lo que, principalmente, forman la estructura del cerebro, con funciones muy diversas relacionados con los distintos tipos de neuroglías existentes.

En cualquier caso hay dos factores que intervienen de forma radical en el proceso de deterioro: la genética y el medio ambiente. Este último no lo podemos considerar, en un principio, de una manera aislada. El avance de los conocimientos médicos y su puesta en escena producen una esperanza de vida que es cada vez más alta, en los últimos 40 años se ha incrementado ésta en cerca de 20, refiriéndonos a los países más desarrollados. No creo aventurarme mucho si indico que la diferencia entre la vejez cronológica y la biológica es cada día más alta. Estos dos conceptos son los fundamentales en los que pretendo basarme, entendiendo la biología desde un punto todo lo relativo como sea posible.

La época del determinismo genético poco a poco va pasando a la historia. Si bien aún se puede hacer poco sobre el nacimiento y tratamiento de enfermedades propias de edades más o menos avanzadas y que desembocan en demencias, como puede ser el Alzheimer, las investigaciones al respecto proporcionan la esperanza de que en un plazo breve también sean controladas.

Más complejo resulta el envejecimiento de las propias neuronas. La reducción de sinapsis, la minoración de las proteínas que manejan los “desechos neuronales”, la alteración del oxígeno en las células, etc. No obstante todo ello se debe a procesos que son relativamente alterables.

No controlamos nuestra biología, cierto, pero bajo un prisma filosófico entiendo que se podría afrontar la vejez, con todo lo que conlleva de desgaste, bajo dos puntos de vista: la pasividad de la sala de espera que conduce a la muerte o el enfrentamiento activo y sano a una etapa más de la vida.

El primer aspecto no nos interesa. Simplemente propicia una menor longevidad y el desperdicio de una parte importante de nuestra existencia.

La cultura occidental no prepara para la muerte y, lamentablemente, tampoco para hacer frente a la vejez. Posiblemente, y siendo éste la finalización de nuestro ciclo vital, erróneamente se relega al olvido. No deja de ser, en mi opinión, un grave error.

Los procesos físicos que desembocan en los deterioros mencionados y otros muchos, no tienen por qué ser deshabilitantes en absoluto. Al igual que resulta aceptado que el ejercicio en la madurez resulta beneficioso para la movilidad en etapas posteriores, la existencia sana en general produce la disminución de los factores que afectan al cerebro de forma negativa. Bajo mi punto de vista resulta indiscutible, por mucho que no sea una ciencia exacta.

Pero hay un apartado que me interesa más y es la estimulación cerebral basada en la gran capacidad plástica. Uno de los grandes problemas en la vejez procede de la degradación radical del sistema emocional. Pero éste, como muchos otros aspectos, puede ser manipulado exitosamente por nosotros mismos, consiguiendo esa separación entre la edad cronológica y la biológica. Es seguro que todos conocemos a personas de la misma edad, avanzada, con unos rasgos de deterioro muy distintos. Y no es un aspecto que se pueda dejar al azar de las vivencias o del medio en que habitamos, sino que existe y hay que acometer el trabajo de conseguir que las edades consideradas como vejez no sean un tránsito sino un periodo de la vida pleno.

Los sentidos, la percepción de nuestro entorno, es un factor que disminuye con el paso de los años, pero ¿es posible evitarlo o al menos minimizarlo? Nuestro cerebro es un mapa en el que cada parte se encuentra especializada de forma relativa pues funciona como un conjunto, pero existen áreas específicas o predominantes para cada una de las funciones que realizamos con mayor o menor consciencia. Un ciego potenciará el sentido del oído y del tacto, lo que implica que aquella parte de su córtex especializada en la vista ha dejado lugar a la ampliación de las que lo estaban en esos otros sentidos. Lo mismo ocurre con cualquier aspecto que inhabilite la utilización de un órgano, sensorial o no.

Nuestro cerebro es completamente maleable, continuamente durante nuestra existencia se están produciendo modificaciones neuronales creando sinapsis inexistentes, sin contar con la generación de nuevas neuronas y su distribución. Son procesos que se producen fuera de nuestra consciencia pero también podemos adquirir la habilidad de su manejo.

La conjunción de un estado físico sano y la potenciación del cerebro nos permiten afrontar con calidad la etapa de la vejez. Sobre lo primero es claro y no cabe mayor mención. Sobre lo segundo requiere, generalmente, de un aprendizaje. Podemos conseguir que nuestras emociones se mantengan vivas, sin caer en la falta de estímulos clásicos en esas edades. Y de la misma forma tenemos la capacidad suficiente para potenciar cualquier parte del cerebro y retrasar sensiblemente su deterioro. Los ejercicios contra el estrés, la relajación, la meditación enfocada al enriquecimiento generalizado de la mente o de aspectos concretos, se unen formando un bucle con experiencias diarias más satisfactorias que por sí mismas vuelven a estimular nuestro cerebro.

No es ni una visión ilusoria ni un proceso complejo, es, simplemente, una cultura íntegra para vivir esa etapa de edad avanzada con unas garantías de calidad.

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Publicado el septiembre 16, 2012 en Mayores y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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