El miedo y su manipulación

En el boletín de MenteS XXI y la Asociación Inteligencia y Vida, en el espacio que me reservo, publiqué una historia de miedos. La columna es pequeña, no puedo extenderme cuando me parece una cuestión enormemente importante, por lo que voy a tratar aquí de ampliarla.

Es bien sabido que la curiosidad y la capacidad de captación de un niño superdotado, al igual que tiene otras distintas características, es superior a la generalidad. Lo que se podría entender como un signo de precocidad positiva, en múltiples ocasiones no lo es, la asunción de ideas y conceptos abstractos en edades tempranas, anteriores al desarrollo intelectivo necesario para asimilarlas, puede desembocar en una multiplicidad de problemas. Si existe un entorno adecuado, especialmente en lo parental, pueden solucionarse esas inquietudes con mayor o menor facilidad, pero ¿qué ocurre con los adultos que en su niñez ni siquiera existía el concepto alta capacidad o superdotación? Nadie se preocupa por esas edades y realmente desconozco el motivo, pero me parece obvio que muchos de los problemas que se generaron en la niñez han seguido lastrando una parte de su vida.

Por ello, en la pequeña columna a la que he hecho referencia, hablaba en primera persona sin ningún pudor, aunque el efecto de esa potencial presunción quedaba desdibujado por el contexto, algo que aquí no ocurre y que espero se me disculpe. Voy a mantener lo escrito entonces pero con las ampliaciones que pensaba eran necesarias para una mejor comprensión.

Uno de mis recuerdos más antiguos fue unas palabras de mi padre “vamos a dormir y tal vez nos levantemos en una guerra mundial”. Era la “crisis de los misiles”. Los terrores infantiles previos se unieron a una angustia alarmante ante ataques nucleares, unidos a una visión vívida de la muerte, que perduró. Eso es miedo, uno de los sentimientos primarios del hombre que, en casos como los que indico, se entierra como una semilla en la mente esperando frutos

Claro está y lo he mencionado, en una época en que se dilucidaba la capacidad en relación con los resultados escolares, sin mayor acercamiento al dialogo con los padres da la enorme ignorancia existente, los miedos ante temas desfasados evolutivamente eran silenciados. No podía contar mis pesadillas nocturnas ante un dios vengativo que entonces aprendíamos. No podía, ni puedo, narrar cómo a una edad inapropiada el sentimiento de un vacío enorme y eterno se apoderaba de mí, con profunda angustia, cuando el concepto de la muerte acudía a mi pequeño cerebro. Hoy, con la edad que tengo, soy consciente de cómo influyeron en mi psique estos temores. En el transcurso de los años adaptaron formas distintas, supongo que a eso se le considera madurar, pero puedo apreciar cuánto marcó aquella semilla. El pánico individual me fascina como uno de los generadores más poderosos de emociones irracionales.

Pero el pánico colectivo, no menos irracional y que considero una correlación del miedo humano individual con rectificaciones que lo convierten en un fenómeno de masas, de cualquier forma en que se considere, es apasionante. Se dice que el temor paraliza y lo creo, y esa parálisis mental es la que se aprovecha en la manipulación, una sociedad asustada es una sociedad vulnerable en múltiples aspectos. Y siempre ha existido y existirá, la historia abunda en casos de este tipo. No hace falta buscar mucho. Si pensamos en el 11-S de 2001 podemos apreciar las medidas coactivas y los recortes de libertades que, en otro caso, ajeno a una política provechosa del terror, hubiesen sido difíciles de instaurar. ¿Realmente difíciles? Cabe la duda si se piensa en experimentos tan conocidos como “la tercera ola” o “la cárcel de Stanford”, propios de una manipulación psicológica escalofriante.

En la llamada “tercera ola” un profesor californiano de historia, ante la incomprensión del alumnado ante el desarrollo del movimiento nazista en Alemania, llevó a cabo un experimento en el que los alumnos incrédulos se convirtieron en un tiempo record en un símil tan exacto del nazismo que generó una reacción tan poderosa que se escribió un libro al respecto y posteriormente una película. Se puede buscar la experiencia en Internet pero dejo el enlace a la descripción original en inglés http://libcom.org/history/the-third-wave-1967-account-ron-jones

No es muy distinto el experimento de “la cárcel de Stanford” pero en éste se desarrolla con mayor crudeza la inducción de la persona a roles que a priori no le corresponden, pero que sometidos a unas condiciones fácilmente repetibles, se obtienen unos resultados tan radicales que en poco tiempo se tuvo que suspender el experimento habida cuenta del grado de crueldad de una parte del colectivo o de miedo y depresión por la otra. Se explica muy bien en castellano en éste enlace http://www.prisonexp.org/espanol/

Si a la involución de mentes, en principio libres, como demuestran éstos y otros estudios, se le une otro factor emocionalmente negativo como es el miedo, con mayúsculas, el colectivo se convierte en una mente fácilmente maleable. Por supuesto sería mucho más complicado si se tratase de individualismos y no de sociedades, los temores se contagian con más rapidez de lo que muchos virus son capaces de hacerlo, y entiendo que hay una cuestión indiscutible: la incapacidad de controlar una situación es uno de los factores que más atemorizan. Es precisa una capacidad de control poderosa de la mente para abstraerse al pánico unipersonal y mucho más aún al colectivo, por ello escenarios como la caída de las Torres Gemelas o el 11-M en España son terreno abonado para la modificación de un estado de libertades –el caso español difiere un tanto por las connotaciones políticas del momento en que se produjo-.

Dadas las circunstancias, cualesquiera que sean, que provocan el pánico colectivo, la inseguridad, la capacidad del conjunto de enfrentarse a lo no tangible, etc. de no existir una mano que oriente y lidere, es engullido por su propio miedo dando lugar a desmanes de cualquier tipo y nivel, pero de existir ese “salvador” que se busca tan ciegamente como el miedo provoca, se está abocado al totalitarismo y a la dictadura que, al fin y al cabo, son los sistemas sociales y políticos de una población inmadura, con los mismos o similares miedos no asumibles que puede tener un individuo inmaduro.

Si nos fijamos en las situaciones que vivimos en todo occidente en los últimos años, sólo hay un factor que puede explicar la alienación imperante: de nuevo el Miedo. Y ante ello resulta fácil modificar conductas que serían lógicas dado el gigantesco deterioro del estado de bienestar, las emociones de nuestra mente primaria entran en juego. Simplificando mucho:

Responsabilidades: Otras naciones y factores externos => dificultad de control por los gobiernos siendo el descontrol uno de los factores primarios del miedo.

Resultados:
– Deterioro irreparable de un sistema de vida, con un alcance o profundidad desconocida, y el desconocimiento, siendo consciente, provoca miedo.
– En las clases menos afortunadas se teme la perdida de lo poco que se posee. Y en las más afortunadas el egoísmo es el factor común, cuando no es, básicamente, otra cosa que miedo a la pérdida.

Son meros ejemplos superficiales en los que sería muy fácil profundizar e incrementar, pero creo que cumplen su cometido. Habida cuenta de una situación global y, por lo tanto, de una dificultad de canalizar las emociones sociales, los gobiernos, organizaciones, poderes fácticos, etc. provocan que se produzca una inseguridad generalizada en unas sociedades cada día más complejas y una estructura lejana a lo que nos es conocido. Si la falta de control y la inseguridad entran en la coctelera, el resultado es demoledor: pánico y con él, al igual que en los experimentos mencionados anteriormente, y el miedo, tan exportable como importable, siendo un fenómeno social se absorve individualmente.

El temor es una de las emociones más antiguas, las zonas internas o primarias de nuestro cerebro, como es el hipotálamo, genera conductas defensivas ante amenazas de la misma forma que la estimulación de determinadas zonas envía al SNC respuestas de temor. La amígdala, de nuestra zona “moderna” del cerebro, lo modula con unos resultados complejos, y en ella convergen más facetas que, posiblemente, en cualquier otra emoción, por lo que su control individual es muy complicado. De no tener unos líderes que provoquen la fuga de los miedos, como es lo normal y entiendo que lo deseable, si se juntan muchos factores y/o el temor es constante se enraiza para dar lugar a un terror superior, con mucho, a nuestra capacidad de raciocinio, y por ende todos somos absolutamente vulnerables.

José Luis Freire

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Publicado el diciembre 15, 2012 en Características de los superdotados, Miedo y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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